El periodismo médico tiende a la exageración. La desmesura está los genes de la información periodística como lo está el impulso de reproducción en el ADN biológico. Hay ya suficientes estudios que muestran que las noticias médicas adolecen de imprecisión, de sesgos, de incompletitud. Las limitaciones de espacio y tiempo, la influencia de la publicidad en el estilo periodístico y esa búsqueda imperiosa e irreflexiva de novedades y avances médicos espectaculares fomentan estas deficiencias. Hay, por supuesto, muchas otras razones, desde la falta de filtros y de conocimientos del periodista a la precarización del oficio de informar, pero no es el momento de ahondar en ellas. Muchos lectores ya saben que todo titular contiene una licencia para exagerar, pero probablemente ignoran otros mecanismos tanto o más importantes que conducen a la distorsión y la desinformación.
Las noticias médicas se han convertido en el destilado final de un sofisticado engranaje promocional en el que participan investigadores, clínicos, laboratorios, centros de investigación, revistas médicas, asociaciones de pacientes, sociedades científicas y sus intermediarios. El periodismo médico está siendo devorado por esta maquinaria promocional a golpe de comunicados de prensa. Es tan fácil como débil intelectualmente echar la culpa al periodista de las exageraciones, de la falta de rigor y de la banalidad, pero lo cierto es que la comercialización de la información infiltra todo el proceso de la comunicación médica. Richard Smith, el añorado y brillante ex director del
BMJ, lo dijo muy claro en el titular de un artículo 2005 en
PLoS Medicine:
“Las revistas médicas son una extensión de la división de marketing de las compañías famacéuticas”. Un
press release (también una rueda de prensa) de un hospital, de una revista médica o de cualquier otro agente ofrece por definición información interesada.
Lo que no saben y debían saber muchos lectores es que casi toda la información de biomedicina está basada en comunicados de prensa. Hay estudios que lo atestiguan, como el de
Vladimir de Semir publicado en 1998 en JAMA, o el de
Christopher Bartlett publicado en 2002 en BMJ, que mostró que el 100% de las noticias médicas publicadas en dos periódicos británicos tan diferentes como el
Times y
The Sun durante 1999 y 2000 estaban basadas en
press releases. Así las cosas, el tiempo está dando la razón al
New England Journal of Medicine, la única entre las principales revistas médicas que no ha elaborado comunicados de prensa semana tras semana para no condicionar la agenda de los periodistas, lo que sin duda le ha restado visibilidad mediática y los supuestos beneficios que lleva emparejados. El periodismo médico ha degenerado de tal modo que muchas de las noticias reproducen hasta los entrecomillados de estos comunicados, y sólo hay algún que otro atisbo de autocrítica entre los periodistas (véase
Science Reporting by Press Release, de Cristine Russell, publicado en
Columbia Journalism Review).
Si no se remedia, el periodismo médico será engullido por la comunicación. La crisis ha forzado a muchos periodistas a transmutarse en comunicadores o, en casos más aislados, en profesores de periodismo, que ahora están sacando a la luz las deficiencias de una profesión que se repliega cuando quizá sea más necesaria que nunca. Contra lo que se cree, prevenir no siempre es mejor que curar, y este es el caso de las exageraciones en el periodismo médico. Son difíciles de prevenir sencillamente porque hay demasiados intereses en juego. Por eso, es vital que el periodismo médico que todavía queda se concentre en ofrecer herramientas para la lectura crítica de la información. Y es necesario también que los médicos fomenten este escepticismo informativo entre sus pacientes, como aconsejaban dos de los médicos que más están haciendo por reorientar el periodismo, Lisa M. Schwartz y Steven Woloshin, en un
editorial de 2003 en el
Journal of General Internal Medicine.
¿Es demasiado buena o demasiado mala esta noticia como para ser cierta? ¿Me afecta esta noticia o se refiere a estudios en ratas? ¿Da cuenta de un trabajo publicado en una revista de prestigio o de un estudio preliminar presentado en un congreso? Este es el tipo de preguntas que todo paciente o lector debiera hacerse. “Las exageraciones están al servicio de muchos intereses”, subrayan Schwartz y Woloshin, “pero no sirven al interés público”. Y en el periodismo, antes que nada, debe prevalecer el interés público. Richard Smith me dijo en una entrevista (El País, 1 de octubre de 2002) que los medios “deberían explicar las dificultades de la información médica y ayudar a la gente a ser consumidores exigentes de noticias”. Esta es la responsabilidad compartida que tienen médicos y periodistas. ¿Y en cuanto a Escepticemia y otros blogs? Léanlos sin piedad y con tanto o más escepticismo.
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