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Clonación terapéutica para tratar el Parkinson

JANO.es · 25 marzo 2008

Científicos estadounidenses han clonado ratones para obtener neuronas productoras de dopamina con las que han conseguido tratar con éxito la enfermedad neurológica

Santiago de Compostela, capital de Galicia, capital espiritual de España, declarada íntegramente Patrimonio de la Humanidad, es una de las ciudades más bellas y famosas del mundo. Y lo que es más importante: es un lugar agradable, construido a la medida del hombre. Las delicias del mar y la montaña, el aire de los caldos dorados, dan ternura a la historia hecha piedra, creando una dimensión lúdica donde es grato vivir.

La historia comienza hace 12 siglos, cuando la comarca era un intrincado bosque de robles y helechos, cubierto a menudo por la niebla. En un claro del robledo existía un cementerio de tiempos remotos. Aquí, en los albores del siglo IX, comenzaron a suceder hechos portentosos: llovían las estrellas del cielo durante la noche, tañían unas campanas invisibles en la hora del Ángelus. En el lugar de los portentos, un santo anacoreta de nombre Pelagio encontró un sepulcro romano de mármol blanco. Avisado el obispo Teodomiro de Iria Flavia descubrió el sepulcro, y halló dentro de él los restos de un hombre envuelto en una túnica con el símbolo del Pez. Una leyenda muy arraigada entre las gentes de la zona relataba cómo el cuerpo del Apóstol Santiago había sido transportado después de su muerte en una barca de piedra, desde la costa de Palestina hasta el Finisterre de Galicia.

El rey Alfonso II el Casto hizo edificar una capilla en el lugar donde se descubrió la tumba, y enseguida los milagros más espléndidos y teatrales se sucedieron. Alrededor de la iglesia, al valor de las gentes que llegaban a visitar el sepulcro, fue creciendo una ciudad, al principio humilde y sencilla, luego muy rica, grande y poderosa: Santiago del Campo de Estrellas.

El peregrino, con lágrimas de emoción pisa, en las primeras claridades del día, las losas de la Ciudad Santa y soñada. El eco le devuelve el sonido de sus pasos. La ciudad, solitaria e inmóvil, parece un fantástico decorado, un emocionante prodigio que premia su coraje. Aguarda a que abran la catedral para arrodillarse ante la tumba de Apóstol y contemplar, extasiado, la esperada maravilla en piedra, obra cumbre del arte medieval.

Doscientas prodigiosas figuras, labradas hace 800 años, rodean las del Salvador y el Apóstol. Suavemente policromadas, cobran movimiento con el suave resplandor que filtran las cristaleras. Parecen mirarse y dialogar entre ellas. Parecen sonreír al peregrino que, liberado de todas las dudas y fatigas del viaje, ha entrado ya en el Pórtico de la Gloria.

Los peregrinos de toda la cristiandad, guiados por la Vía Láctea, que conduce hacia Santiago, son caminantes, la mayoría de las veces, de encendida fe.

Del bosque vegetal al de piedra. Compostela, que en sus inicios fue un cementerio y un bosque de robles, acabó convirtiéndose en un bosque de piedra.

Aquel bosque vegetal, envuelto en los perfumes de la tierra y la bruma, acabó convirtiéndose en un bosque de granito, donde el arte levantó las altas torres que hacen de árboles; los soportales que equivalen a la frondosidad de la silva donde refugiarse de la lluvia; las gárgolas, escudos y adornos del granito, como la intrincada maleza, el juego de las ramas; las esculturas de santos, reyes, vírgenes, caballeros y atlantes que coronan las alturas, los protagonistas de este bosque embrujado.

“Un lugar encantado”

El genial Manuel Rivas compara Santiago con la ciudad de Venus de los trovadores. “El lugar santo es en realidad un lugar encantado —relata— en el que conviven la parroquia de los vivos y de los muertos, los monstruos obscenos de las gárgolas y los caballeros del Turpín, los gremios artesanos y los orondos canónigos del gran hórreo del grano feudal que financió las florituras del barroco, la frívola estudiantina de la Casa de la Troya y las románticas generaciones de revolucionarios, tratantes de ponis de las montañas galaicas y lecheras que llevan la luz del pintor Vermeer en sus cántaros, reyes y mendigos, cambiadores y meretrices, obispos de báculo y ballesta y políticos raposos, poetas y pálidas damas salidas de un fresco de los siete pecados capitales, vendedores de conchas y taberneros, músicos y tribuleiros de botafumeiro. Y, sobre todo, Santiago es la creación interminable de canteros que han labrado la piedra y peregrinos de 75 lenguas que la admiran y la descifran. La sublime aldea de Europa.”

Un recorrido por su arquitectura

Compostela recibió tres notables impulsos arquitectónicos correspondientes a otras tantas épocas muy distintas de su historia. Su mérito consiste en haber sabido conjugar sus estilos artísticos de forma equilibrada e impecable.

El primer gran constructor sería el arzobispo Gelmírez, hombre de acción del siglo XII, que considera pequeño el templo dedicado al Apóstol y levanta la nueva catedral románica, que ha llegado hasta nuestros días, así como una nueva muralla y numerosos conventos e iglesias.

La familia Fonseca, con tres arzobispos, recoge los destinos de la ciudad entre los siglos XV y XVI. A ella vienen los Reyes Católicos, y más tarde Carlos I, para celebrar Cortes. Es la época del esplendor del arte plateresco, del auge económico y cultural, creándose el “Estudio Viejo”, que sería el embrión de la futura universidad.

El tercer período corresponde a los tiempos barrocos, siglos XVII y XVIII. Se destruyeron entonces muchas huellas de las peregrinaciones, borrando las referencias de las antiguas luchas medievales. La ciudad convirtió sus espacios en majestuosos escenarios para las fiestas, representaciones teatrales y procesiones.

Los impulsos arquitectónicos. El conjunto de la ciudad de Santiago está tan armoniosamente concebido y ensamblado que parece hecho de una sola vez.

Un paseo nocturno. El silencio circula por las rúas desiertas y desemboca en las plazas enormes y delicadas, es el gran habitante de la noche compostelana.

Según escribe Carlos Martínez Barbeito: “pasear por Santiago, sobre todo de noche o en anochecer lluvioso, es salirse de este mundo y flotar en una región fantasmagórica, es entrar en una atmósfera irreal y soñada. A derecha e izquierda crecen las fachadas, gotean pavorosamente las gárgolas en el silencio encantado: brillan las grandes losas dejando resbalar el agua. De pronto, una campanada plena, sonora, redonda, revienta en el aire y prolonga su gemido temerosamente. Es el contrapunto del gran silencio de la noche, un silencio tenso, lleno de alma. Ese silencio circula por las rúas desiertas y desemboca en las plazas enormes y delicadas; rebota contra los muros interminables de los hospitales y monasterios y se diluye allá arriba, junto a las nubes que cierran el espacio.

El silencio es el gran personaje, el gran habitante de la noche compostelana. Cuando mejor se le oye es cuando acaba de romperlo la vibración angustiosa de las campanas de la torre Berenguela, o cuando la corta de arriba a bajo el chorro de agua de una gárgola.”

Texto y Fotos: Luis Agromayor

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