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OFTALMOLOGÍA

Consiguen restaurar parcialmente la visión de ratones ciegos

JANO.es y agencias · 28 abril 2008

Investigadores suizos publican en “Nature Neuroscience” el avance, tras haber empleado un canal iónico sensible a la luz procedente de las algas verdes

Hay frases que concitan éxito, frases que en la mayoría de los casos carecen de sentido o de realidad y que si uno se detiene a analizarlas suelen contener lugares comunes, banalidades y torpezas para exergos de calendario. El lenguaje común atesora centenares de esos axiomas proferidos por lo general por antepasados nuestros y que repetimos como si por el hecho de estar muertos quienes los pronunciaron les otorgásemos ya el valor, la auctoritas gratuita. En general, si la frase proviene de un griego o de un latino clásico no hay que examinarla, analizarla: basta con repetirla como si el hecho de haber nacido dos siglos antes de Cristo otorgase una sabiduría irrefutable. Segregamos de ese modo una serie de excrecencias recibidas y que nunca nos detenemos a analizar y que transmitimos como valores que no es necesario ponderar, aunque contengan un error. Quizá la comodidad es lo que hace del lenguaje un vertedero de lugares comunes con los que nos es posible comunicarnos con los demás sin necesidad de utilizar la inteligencia, la invención, sino una serie de recursos, de patrones establecidos de antemano que nos hacen más llevadera la vida. El empobrecido lenguaje actual funciona sobre esos parámetros: da lo mismo el lenguaje coloquial del día a día como las fórmulas políticas. Los ejemplos podrían ser múltiples. Por ejemplo, “no hay enfermedades sino enfermos”, “sólo sé que no sé nada” o, acudiendo a la paremiología, “más vale pájaro en mano que ciento volando”. ¿Cuánta gente no cita —y no precisamente bien— el quijotesco “con la Iglesia hemos topado” sin haber leído a Cervantes? El idioma es entonces una fórmula que nadie estudia sino que nos es inoculado y a su vez inoculamos en los demás. Es necesario que de vez en cuando aparezca un escritor o un pensador que revolucionen esas actitudes planas, esos dichos frecuentados y nos hagan ver que hay que extraer lo que está oculto en las palabras. Ahí reside el genio, o, al menos, el talento. En saber que, bajo la superficie de un código que se sustenta en la banalidad, sobrevive el verdadero latido de las palabras, ese que hay que buscar donde nadie se atreve a arriesgarse. Una cosa es La catedral del mar y otra el Ulises, por poner un ejemplo. Hay quien inaugura y quien copia, hay quien crea y quien redacta. Quien entrega a los demás el idioma tal como lo ha encontrado, nos restringe. Quien lo retuerce y lo reinterpreta y lo dinamita, nos está entregando un idioma nuevo. Bendito sea.

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