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NEUROLOGÍA

El autismo altera la materia blanca del cerebro con el tiempo

Universidad de Yale · 02 diciembre 2021

Investigadores de la Universidad de Yale (Estados Unidos) han analizado con resonancia magnética los cambios que se producen en la microestructura de la materia blanca del cerebro en adolescentes y adultos jóvenes con trastorno del espectro autista (TEA) en comparación con un grupo control. Una investigación que se presenta en la Reunión Anual de la Sociedad Radiológica de Norteamérica (RSNA) indica que los cambios fueron más pronunciados en la región que facilita la comunicación entre los dos hemisferios del cerebro.

"Uno de cada 68 niños en Estados Unidos está afectado por TEA, pero la gran variedad en la manifestación y gravedad de los síntomas dificulta el reconocimiento precoz de del trastorno y el seguimiento de la respuesta al tratamiento –explica la investigadora Clara Weber-. Nuestro objetivo es encontrar biomarcadores de neuroimagen que puedan facilitar potencialmente el diagnóstico y la planificación de la terapia".

Los autores revisaron los escáneres cerebrales de imágenes de tensor de difusión (DTI) de un gran conjunto de datos de pacientes de entre 6 meses y 50 años de edad. Se trata de una técnica de resonancia magnética que mide la conectividad en el cerebro detectando cómo se mueve el agua a lo largo de sus tractos de materia blanca. Las moléculas de agua se difunden de forma diferente por el cerebro, dependiendo de la integridad, la arquitectura y la presencia de barreras en el tejido.

"Si pensamos en la materia gris como el ordenador, la materia blanca es como los cables –comenta Weber-. La DTI nos ayuda a evaluar lo conectados e intactos que están esos cables".

Para el estudio se analizaron datos clínicos y de DTI de 583 pacientes de cuatro estudios existentes de poblaciones de pacientes distintas. Por un lado, lactantes, de los cuales 34 presentaban TEA y 121 controles (34 por ciento niñas con una edad media de 7 meses). En segundo lugar, niños pequeños, 57 con TEA y 45 controles (27 por ciento mujeres y edad media de 32 meses). En tercer lugar, adolescentes, 106 con TEA y 124 controles (49 por ciento mujeres y edad media de 158 meses). Finalmente, adultos jóvenes, 67 con TEA y 29 controles (1 por ciento mujeres y edad media de 230 meses).

"Uno de los puntos fuertes de nuestro estudio es que analizamos una amplia gama de grupos de edad, no solo los niños en edad escolar", comenta Weber.

Para evaluar la influencia de la edad y el diagnóstico de TEA en la microestructura de la materia blanca, el equipo ación creó mapas de anisotropía fraccional, difusividad media y difusividad radial utilizando los datos de los cuatro estudios. La anisotropía fraccional es la medida en que la difusión del agua está restringida a una sola dirección. Un valor de cero significa que la difusión no está restringida en todas las direcciones. Un valor de uno significa que la difusión se produce sólo en una dirección. La difusividad media es la movilidad global de las moléculas de agua, que refleja la densidad de las células. La difusividad radial es la medida en que el agua se difunde perpendicularmente a un tramo de materia blanca.

"Cuando la integridad de la sustancia blanca se ve alterada, observamos que el agua se difunde más perpendicularmente, lo que se traduce en una mayor difusividad radial", señala Weber.

El hallazgo clave del análisis fue la reducción de la anisotropía fraccional dentro de los tractos anterior/medio del cuerpo calloso en pacientes adolescentes y adultos jóvenes con TEA en comparación con los individuos del grupo control. En los adultos jóvenes se observaron los correspondientes aumentos de la difusividad media y la difusividad radial relacionadas con el TEA.

"En los adolescentes, vimos una influencia significativa del autismo –indica la investigadora-. En los adultos, el efecto fue aún más pronunciado. Nuestros resultados apoyan la idea de una conectividad cerebral alterada en el autismo, especialmente en los tractos que conectan ambos hemisferios".

No se observó ninguna reducción de la anisotropía fraccional en los mismos tractos en niños pequeños y lactantes con TEA en comparación con los controles.

Los investigadores esperan que los hallazgos puedan ayudar a mejorar el diagnóstico precoz del TEA y proporcionar posibles biomarcadores objetivos para controlar la respuesta al tratamiento.

"Necesitamos encontrar más biomarcadores objetivos para el trastorno que puedan aplicarse en la práctica clínica", concluye Weber.

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