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GENÉTICA

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JANO.es y agencias · 19 noviembre 2007

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Mi amiga Aurelia, feminista y teóloga, me ha enviado su felicitación de Navidad. La ilustración muestra a los Reyes Magos avanzando por una tierra oscura, bajo un cielo completamente negro. Sustituyendo a la estrella de cola dorada, un pensamiento de H.G. Gadamer: “Siempre me he preguntado sobre las condiciones practicables para la construcción de un futuro sensato y racional, pero en este momento carezco de instrumentos adecuados para leer lo que está pasando”. También Aurelia escribe unas palabras: “Deseo que encontréis una estrella”. A mi hija, que es joven y alegre, le decepciona el pesimismo que destilan estos magos sin lucero. Y aprovecho la ocasión para ponerme en plan abuelo cebolleta: una parte de mi generación —le digo—, quizá no la más visible ni la más extrovertida, tiene una intensa conciencia de oscuridad. Hemos visto desaparecer del firmamento todas las estrellas que iluminaron los grandes caminos. Ahora andamos a ciegas por el mundo, como los magos de la postal de Aurelia.

Las ruinas del sentido son tan visibles como sus causas. Bastará con apuntar algunas. El grotesco hundimiento de la utopía igualitaria que ha desarmado cualquier alternativa verosímil al sistema económico liberal. La crisis de la razón y el fervoroso rebote de las emociones. La transformación de América en una nueva Roma. La inquietante respuesta del fanatismo islámico. Las grandes migraciones africanas y orientales sobre Europa. La derrota de nuestros sistemas de valores —católico, progresista o tradicional— en manos del supremo poder de la avidez y la rentabilidad. La gran revolución mundial de las comunicaciones, que ha provocado, por una parte, la homogeneización cultural y, por otra, una reacción defensiva de las culturas amenazadas. La debacle de las vanguardias artísticas y culturales, sepultadas bajo el imperio de las audiencias; unas audiencias que, por otro lado, imponen la respuesta “kitsch” o trivial ante cualquier dilema cultural, de manera que, en realidad, están barriendo todos los rastros del racionalismo: flaquea la escuela como portadora de valores intelectuales, se marchitan las jerarquías académicas, se derrumba todo sentido que no sea económico. La razón económica, como los dioses arcaicos, está ahora al margen de las disputas humanas. La razón humanista y crítica, en cambio, no puede más que expresar la perplejidad —“No tengo instrumentos adecuados para leer lo que está pasando”—. O escribir a los reyes pidiendo “¡Una estrella, por favor!”.

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