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Musicoterapia contra la depresión

JANO.es y agencias · 23 enero 2008

Los pocos estudios existentes indican que podría mejorar el estado de ánimo de los afectados y que esta terapia tiene tasas bajas de abandono

Que el ser humano sea un animal no le resta dignidad: lo que le resta dignidad es que se niegue a ser un animal con corazón.

Referentes bibliográficos

El hombre, un animal singular

Las obras de Gómez Pin publicadas a partir de 1980 pueden entenderse como la constatación de que sus libros anteriores —aparecidos desde 1972 y encuadrables en lo que los viejos planes de estudios llamaban “filosofía pura”— eran condición necesaria, pero no suficiente, para elaborar un pensamiento riguroso y radical a finales del siglo XX. Para que semejante empresa pudiese ser realmente fructífera, tenía que abrirse a territorios menos puros pero no menos determinantes de nuestra posibilidad de dar respuesta al deseo de saber: la lingüística, el psicoanálisis, el cálculo diferencial, la teoría del arte, la física, la genética o la biología molecular. Un recorrido infrecuente, que Gómez Pin emprendió con una ambición intelectual que a algunos les parece temeraria —porque fácilmente puede ser sospechosa de diletantismo— pero que al menos tiene el valor de intentar acercarse a un análisis filosófico de las cuestiones científicas y una fundamentación científica de los debates filosóficos. El hombre, un animal singular es la última obra de este autor que se ha esforzado en explorar los vínculos entre el trabajo de la filosofía y el de la ciencia.

El libro ha generado una polémica que quizá está desenfocando un poco su verdadero núcleo. Me refiero al “escándalo” con el que están reaccionando frente a él los “animalistas”, los partidarios de aproximar los derechos humanos y los derechos éticos de los animales. La acusación que desde estas posiciones se lanza a planteamientos como el de Gómez Pin es de “antropocentrismo inmoral”. La polémica se está convirtiendo en un diálogo de sordos, quizá porque se está anquilosado en una repetición cuasirreligiosa de consignas cerradas.

Pero El hombre, un animal singular plantea un tema de mucho más calado, que atravesaba ya, como un eje directriz, toda la obra anterior de Gómez Pin: el tema del logos, de la razón lingüística, como auténtico núcleo determinante y diferencial de la esencia humana. Un asunto que Gómez Pin ha perseguido —o quizá habría que decir que a Gómez Pin le ha perseguido— a través de toda su trayectoria filosófica, que ha centrado su relación con el psicoanálisis y que ha sido un continuo punto de referencia en su interés por la estética y por las ciencias matemáticas, físicas y biológicas. En este libro, ese tema pasa a ocupar el primer plano. Podría decirse, con una metáfora taurina, que este libro pone en suerte al toro del lenguaje, lo mira de frente, enarbola el estoque y decide entrar a matar. Y el tema del lenguaje remite directamente al de la propia ubicación del ser humano en el entorno de la naturaleza. Abre el debate de si una lectura racional y coherente de la biología darwiniana conduce a una pérdida —o al menos a una relajación— de los límites entre el homo sapiens sapiens y el resto de los animales o si, por el contrario, como defiende Gómez Pin, los datos más sólidos y actuales de la investigación biológica confirman a la vez el acierto de Darwin al explicar nuestro origen filogenético y la vigencia de Aristóteles al establecer que esa evolución no borra la diferencia específica que establece, respecto al género animal, el logos, en su doble sentido de razón y lenguaje, de razón lingüística o de lenguaje racional.

Al concluir la lectura de esta obra estimulante —e inconclusa—, se queda uno con la sensación de que queda mucho debate pendiente. Por ejemplo, si la especificidad de la naturaleza humana puede ser objetivamente determinada a partir de los datos que aportan las ciencias biológicas o si el concepto de lo humano es una construcción social, cultural o incluso política. Y no es esta la única de las cuestiones esenciales que el libro de Gómez Pin no resuelve —difícilmente podría hacerlo—, pero nos ayuda a seguir explorando.

JOSÉ LÁZARO. Profesor de Historia y Teoría de la Medicina. Universidad Autónoma de Madrid.

Salvo los partidarios de las tesis creacionistas o del diseño inteligente, que insisten en la necesidad de admitir la participación de la divinidad a la hora de explicar el origen del ser humano, los demás coincidimos con Charles Darwin en que nuestra historia forma parte de la historia de los animales. Es cierto que la palabra “animal” tiene mala prensa y está cargada de una serie de connotaciones negativas que suelen acompañar a no pocos prejuicios. Cuando alguien se comporta de una manera irreflexiva, bronca o ruda, le decimos que ha actuado como un animal. Con ello se quiere dar a entender la existencia de una barrera que al franquearse expone al peligro de perder o renunciar a lo más singular del hombre. Sin embargo, mucho antes que el autor de El origen de las especies demostrara que la especie humana no está separada de las demás —apoyándose en los argumentos de la ascendencia común y la selección natural—, el filósofo griego Aristóteles, basándose en la distinción entre lo vivo y lo animado, incorporó al ser humano entre los animales indicando que su dimensión racional debía entenderse como una racionalidad animal.

Si damos un gran salto hasta nuestros días, nos encontramos con una fuerte controversia en lo que se refiere a la naturaleza humana. ¿Existe algo así como la naturaleza humana o más bien se trata de una ficción? Al margen de los aspectos metafísicos o religiosos con los que se suele adornar esta discusión, las aportaciones de disciplinas relativamente recientes, como la ciencia cognitiva, la neurociencia, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva han trastocado muchas de las viejas ideas del pasado. Vayan dos ejemplos como muestra. El primero apunta a que si los procesos implicados en la vida mental se explican mejor en términos físicos y a partir de conceptos como información, computación o retroalimentación, ¿podemos seguir manteniendo la diferencia entre causas y razones, en un caso para dar cuenta de los acontecimientos físicos y en el otro para dar cuenta del comportamiento humano? Y si admitimos que nuestras opciones están determinadas causalmente, eso no significa negar la libertad sino entenderla en el marco de la naturaleza y no fuera. El segundo ejemplo, en cambio, remite a un hecho avalado por la genética. Si las diferencias genéticas entre los seres humanos y algunas especies de primates no van más allá del 1%, ¿tiene esto alguna relevancia a la hora de exagerar la especificidad de la condición humana? Y en caso de tener importancia, debería extenderse a los que presentan el síndrome de Down, cuyo cromosoma 21 está también alterado.

Un animal singular

Víctor Gómez Pin, catedrático de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro recientemente publicado bajo el título El hombre, un animal singular1, se propone ofrecer una serie de argumentos para evitar la “tentación de la animalidad”; esto es, la inclinación a erosionar las barreras que separan a los seres humanos del resto de los animales y, en especial, de aquellos más próximos en la escala evolutiva. Dando una mano a Aristóteles y Kant, y otra a las aportaciones de la lingüística, la genética y la etología, Gómez Pin llega a la conclusión de que lo que convierte al ser humano en un animal singular, lo que realmente le dignifica frente a las demás especies, es el privilegio evolutivo encarnado en la dimensión racional y lingüística que cobra expresión en leyes morales basadas en el respeto y la reciprocidad. No se trata de negar la condición animal del ser humano, pues como afirmara Darwin descendemos de un cuadrúpedo hirsuto dotado de cola y arborícola. Sin embargo, una ponderación equivocada de los hechos probados científicamente nos conduce a paradojas de difícil solución.

En el año 2004 se anunció la secuenciación del genoma humano y en septiembre de 2005 se publicó la secuencia completa del chimpancé. Los análisis comparativos demostraban que los seres humanos comparten con los chimpancés más del 98% del ADN y casi todos los genes. A nadie se le escapa que, aun así, existen diferencias notables en múltiples aspectos. La más obvia radica en nuestra habilidad y capacidad para relacionarnos y comunicarnos mediante el lenguaje.

Uso sofisticado del lenguaje

A excepción de los loros y otros pájaros cantores dotados para controlar el motor vocal, sólo los seres humanos han logrado desarrollar un uso sofisticado del lenguaje gracias a la constitución genética, a la posición de la laringe y a su desarrollo cultural. Por eso, los resultados obtenidos años atrás con los primates Washoe, Koko y el bonobo Kanzi, que lograron aprender el manejo de un número relevante de signos, no permiten considerarlos sujetos lingüísticos en el sentido estricto. Sus vidas y la existencia en general está determinada hasta un punto que el sistema comunicativo que emplean para expresar dolor o placer, alertar a la camada de la amenaza de una agresión o indicar el lugar donde se encuentran alimentos no consigue hacerles cambiar sus intereses. El ser humano, en cambio, no sólo se vale del lenguaje para comunicarse con los demás, sino para representarse las opciones que activan la deliberación, reforzar la conciencia de libertad y confrontar con los demás las razones para actuar de un modo u otro. El ser humano, en fin, es el único animal en condiciones para pensar su destino y el del resto de los animales. Se sigue entonces que los animales, al carecer del lenguaje, tampoco pueden fijar moralmente su existencia y su conducta sigue la dirección de su supervivencia y la de sus semejantes.

Este planteamiento no está exento de problemas, y el profesor Gómez Pin es consciente de las paradojas que suscita. Si aceptamos que el ser humano es el único al que cabe calificar de sujeto moral, ya que es el único animal que puede hablar, elaborar conocimientos científicos y mantener relaciones morales plenas, ¿qué lugar ocupan los animales en nuestra comunidad moral? Más aún, ¿cómo habríamos de tratar a los seres humanos que por alguna circunstancia sufren alguna discapacidad que les imposibilita tomar parte activa en la comunidad moral? Y es que si la consideración moral la basamos en las habilidades racionales y lingüísticas, un primate puede tenerlas más desarrolladas que un humano discapacitado. En ese caso, merecería más consideración el primate que el humano. Y si la importancia radica simplemente en el hecho de ser humano, ¿cómo se pueden mantener relaciones basadas en el respeto mutuo con un discapacitado mental? Estando así las cosas parece que sólo caben dos alternativas para resolver el dilema.

Animalistas/antropocentristas

Una salida es la defendida por los llamados animalistas, que defienden, en oposición a los partidarios del antropocentrismo, la igual consideración para todos los seres vivos con independencia de la especie a la que pertenezcan. El ejemplo más notable es el de los seguidores de la religión jainita, que llegan al extremo de taparse la boca para impedir tragarse insectos y mirar fijamente al suelo para no herir o matar a los seres vivos que habitan bajo sus pies. No hace falta decir que esta concepción moral, basada en el valor absoluto de la vida y en un sentimiento de compasión de máxima amplitud, pone en peligro nuestra supervivencia. Una ética de esta clase acabaría por estrangular a la vida, algo que resulta contradictorio con la función de la ética.

La otra alternativa viene a decir que los animales no pueden tener la misma prioridad que los seres humanos, pues no son sujetos morales. Un agente moral es sujeto y objeto de obligaciones y los animales son incapaces de entender esta doble condición. Cabría, eso sí, incorporarlos a modo de anexo dentro de nuestra comunidad moral pero sin llegar a considerarlos auténticos miembros de nuestra comunidad moral. Ahora bien, ¿cabe deducir entonces que no tenemos obligaciones para con los animales desde el momento en que ellos no pueden ser respetuosos con nuestros intereses? Aquí nos debatimos entre aceptar cualquier tipo de trato y emplearlos para nuestra dieta, la experimentación científica y los espectáculos de masas, o reparar en que hay determinadas conductas hacia los animales que debilitan nuestra condición moral y menoscaban los sentimientos humanitarios. Gómez Pin apela reiteradamente a Kant para apoyar sus argumentos, pero el filósofo alemán también apuntó que se puede conocer el corazón humano a partir de las relaciones con los animales. Que el ser humano sea un animal no le resta dignidad: lo que le resta dignidad es que se niegue a ser un animal con corazón.

 “Si las diferencias genéticas entre los seres humanos y algunas especies de primates no van más allá del 1%, ¿tiene esto alguna relevancia a la hora de exagerar la especificidad de la condición humana?”

Bibliografía

1. Gómez Pin, Víctor, El hombre, un animal singular. Madrid: La Esfera de los Libros; 2005.

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