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PSIQUIATRÍA

Uno de cada seis españoles tendrá depresión en algún momento de su vida

JANO.es y agencias · 08 abril 2008

Además, según el Prof. Juan José López-Ibor, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, cerca de la mitad experimentará una recaída

En el magma poroso de la memoria se me agolpan imágenes calidoscópicas convocadas por los recuerdos de los momentos vividos con José Agustín Goytisolo y que desearía compartir con los lectores de Jano ahora que están a punto de cumplirse ocho años de la muerte del poeta, acaecida en marzo de 1999.

Sé, por experiencia propia, quizá como usted, querido lector, que el tiempo nos envejece sólo en parte, que es la muerte de las personas queridas la que añade de pronto años a nuestra edad. La ausencia de los nuestros se afianza bajo la piel, crece como un vacío en medio del estómago y nos obliga a encorvarnos. Todos andamos con nuestros muertos en las espaldas, y aunque esa inclinación nos acerque más a su reino, a la tierra donde descansan y donde habremos de descansar algún día, trajinar el peso de su recuerdo no es estorbo sino consuelo. Ellos seguirán aquí mientras nosotros les demos cobijo.

“Lleva quien deja y vive el que ha vivido” escribió Antonio Machado en su “Elegía a don Francisco Giner,” en un verso que puede hacerse extensivo a Goytisolo. Sin embargo, al tratar de recordar a José Agustín quiero hacerlo en primer lugar a través de diversas circunstancias alegres —y hasta humorísticas— vividas en común durante tantos años de amistad. Una amistad que me condujo hacia otros amigos, como Paco Ibáñez, el grupo Goliardos o el grupo “Lauta”, que han musicado y difundido sus poemas en ámbitos muy diversos, reviviéndole en sus versos.

Recuerdo a José Agustín entrando por la puerta de mi casa con una bolsa de viaje y su cara de lobo bueno un poco apaleado y vuelvo a oír su voz: “¿Por favor, puedes coserme el bolsillo de la americana? Al salir del taxi, se me ha quedado enganchada en la manecilla de la ventana y se ha roto. ¿No le importará a tu feminismo?”. Le prevengo sobre mi incapacidad con la aguja, pero voy a intentarlo. Doy con esfuerzo unas cuantas puntadas y cuando creo que ya está, compruebo, con horror, que he cosido el forro de la americana a mi pantalón. Nos reímos un rato y !qué remedio¡, empiezo de nuevo. Ahora Goytisolo sostiene en el aire la chaqueta, para evitar contactos perniciosos entre telas dispares. “Termino en un segundo”, le anuncio, para darme ánimos, entrando a matar. “Solucionado, ¡por fin!” Como no tengo tijeras a mano, corto con los dientes el hilo sobrante. “Muy bien, dice él, gracias, el bolsillo ha quedado perfecto, pero lo has pegado a la manga”...

Salimos hacia Tudela en mi coche. No sé de qué jurado formábamos parte... De uno de cuentos, creo. Lo que sí tengo claro es que hace al menos diecinueve años porque María, mi hija y su ahijada putativa, no había nacido aún. A María debí de comunicarle por misteriosas vías intrauterinas mis afectos poéticos, y aunque por suerte no nació recitando poema alguno de Goytisolo, muy pronto decidió que José Agustín era su poeta...

Nada más llegar a Tudela, Goytisolo dijo a todo el mundo que le había llevado bien, parando lo justo, sin permitirle copas, derecho al sitio de la reunión, sólo que “esposado”... Después, en la primera mercería que encontramos compramos velcro para paliar el descuelgue del bolsillo, hasta que Ton (Asunción Carandell, su mujer), mucho más habilidosa que yo, pudiera coserlo.

Otra vez, no sé si en Madrid o en Oviedo, en uno de aquellos actos que se celebraban para homenajear a Barral y a Gil de Biedma en los meses posteriores a la muerte de ambos, José Agustín acabó contando que se sentía algo así como el superviviente del grupo e hizo un gesto de agazaparse detrás de la mesa y se pilló el codo con un saliente. Con su mejor cara de disimular, la de pirata honrado, procuró que nadie, y menos yo, le viera el estupendo siete e intentara hacerle un apaño. Por entonces, dadas las bajas y los achaques propios, empezaba a decir que en vez de a la generación de los cincuenta, pertenecía a la del 98.

Las anécdotas que acabo de transcribir muestran, me parece, a un personaje extravertido, ocurrente y alegre. Sin embargo, la mujer de José Agustín asegura que su marido “era una persona alegre para los demás y triste para él”. Quizá esa tristeza que trataba de disimular con generosidad delante de todos, tenía que ver con la prematura muerte de su madre, Julia Gay, en un bombardeo durante la guerra civil. La necesidad de ir al encuentro de la madre muerta planea en la obra de Goytisolo desde su primer libro, El retorno y continúa en Final de un adiós, poemario de 1984 que se inicia precisamente para ir en busca de aquella mujer de muerte, sin cuya ausencia es probable que la veta elegíaca que, junto a la irónica, vertebra la obra goitysoliana no constituyera un aspecto tan fundamental. La obsesión por la pérdida materna, asociada a la rememoración de la infancia, es un tema recurrente que llegará hasta los poemas de sus últimas entregas (Como los trenes de la noche [1994] y Las horas quemadas [1996] su último poemario).

El hijo que durante sesenta y un años cobijó a su madre sucumbió finalmente a ese peso y se marchó a su encuentro. Ahora somos nosotros, Julia y Ton, su familia, en especial, pero también sus innumerables amigos quienes tomamos el relevo: con nosotros, a nuestro cuidado, sigue para siempre José Agustín Goytisolo.

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