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La dieta mediterránea está poco extendida entre los inmigrantes

JANO.es y agencias · 31 octubre 2007

Según un estudio, la búsqueda de la salud está vinculada a un segmento de la población más mayor, "que tiene poca fuerza entre la población extranjera"

En la madrugada del 28 de agosto, exactamente a las 2:30 horas, en la clínica madrileña de Montepríncipe, su corazón de 75 años se le paró definitivamente a Francisco Umbral. El escritor nacido en Madrid en 1932 comenzó a escribir en JANO en noviembre de 1971 glosando la figura de la actriz Pier Angeli, fallecida por aquellos días. Todos los que hacemos JANO dedicamos a la memoria del escritor, periodista y gran lírico español el presente artículo y desde la emoción que nos produce el recuerdo del escritor y amigo reproducimos su primera colaboración con nosotros.

Cuando Umbral se incorporó a la nómina ilustre de los colaboradores de JANO, ésta era una revista médica transgresora, llegada al panorama informativo español para innovar, para crear un espacio informativo nuevo en las publicaciones médicas que se editaban en España, abriendo brecha para introducir las humanidades en el ámbito exclusivo de la medicina, dos disciplinas que se nos antojan sinérgicas y que jamás deberían ir disociadas, pues la medicina y las humanidades son líneas tan perpendiculares en una geometría del corazón y de los sentimientos que la una no tiene más remedio que descansar sobre la otra. La historia se ensombrece y nos muestra su lado más tenebroso y oscuro siempre que la perpendicularidad de las humanidades y la medicina se rompe y las que son perpendiculares se convierten en líneas paralelas, una situada frente a la otra, cierto; pero sin que ambas se junten para que del contacto surja la medicina con alma que las personas necesitamos como garantía y referencia moral para construir el mejor de los mundos posibles.

Uno de los grandes líricos del siglo XX

Y Umbral, cuya forja como escritor se inició en una grande e inigualable fragua, El Norte de Castilla, a cuya redacción llegó de la mano de un Miguel Delibes que vio en sus escritos la brillante trayectoria de quien estaba llamado a ser uno de los grandes líricos del siglo XX, era también, y sobre todo, un transgresor que hacía lírica con las palabras y un lírico que transgredía y provocaba con ellas. JANO y Umbral, pues, convergieron desde el principio en la perpendicularidad hermosa del papel escrito, ambos se embarcaron en un mismo barco y juntos emprendieron una andadura que para Umbral ha llegado a su término.

Al gran lírico, al hombre capaz de conmover a las piedras en Mortal y rosa —y vamos a precisar y a decirlo con la mayor claridad posible, uno de los mayores escritores españoles contemporáneos— le arrancó la vida una parada cardiorrespiratoria, acaso porque aunque la muerte mata de muy diversas maneras en realidad siempre se muere cuando el corazón se para y deja de latir.

Umbral, como Cela, jamás dejó indiferente a nadie. Poseedor, como él, de un carácter que puede tacharse de altanero y soberbio, su persona vivió siempre en el ojo del huracán del debate, zaherido unas veces por feministas, otras por progresistas y en general por una legión o revoltijo de voluntades e ideologías humanas en la que caben todos los istas posibles, porque tanto el hombre como el escritor suscitaban en muchas personas sentimientos ferozmente encontrados. Y también, como no, porque Umbral no había nacido para pasar inadvertido, de ahí que unas veces saliese al encuentro del escándalo y que otras veces fuera el escándalo el que salía a su paso para provocarle a él.

Con su muerte se nos ha ido un clásico

Pero para conocer a Umbral habría que ir más allá de Umbral, o bien penetrar en él, acercarse de puntillas a su obra, que es lo que debiera servir y lo que la historia habrá de tener en cuenta a la hora de enjuiciarle, aventando para ello la paja —o sea, lo insustancial, para quedarse sólo con lo esencial, es decir, el trigo— dejando libre de adherencias y cascarrias la obra de toda una vida vivida en perpetuo sacerdocio con la literatura y con un periodismo que él elevó a la categoría de magisterio, muy en la línea brillante de su admirado César González Ruano, otro monstruo del periodismo lírico. Porque a Umbral, al Umbral auténtico, no al histriónico y provocador, sólo se le encuentra en su lírica de poeta que escribía en prosa, en la belleza conceptual de sus metáforas, en sus altas expresiones poéticas, en la riqueza de un lenguaje hermoso que él enriquecía e innovaba, inventando a veces palabras con la misma precisión con la que un orfebre, un Benvenuto Cellini del vidrio, podía llegar a captar, de habérselo propuesto, la gracia en movimiento de un colibrí. Dejen que pronuncie una verdad subjetiva, es decir, mía y por tanto cuestionable: Umbral era tanto Umbral que con su muerte se nos ha ido un clásico, es decir, el autor de una obra que a la fuerza ha de tenerse por modelo digno de imitación.

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